Es o al menos era, eso seguro, el modo de vida griego, sí, y el de Sicilia y el de Túnez, y el de… Y es que podríamos pasearnos por toda la cuenca de nuestro mar, por el norte, sur, levante y poniente, y encontraríamos en un país y en otro, vestigios de comportamientos y formas de vida comunes entre culturas distintas. Por ejemplo, encontraríamos una vitalidad a prueba de las contrariedades cotidianas o, en otro sentido, una gastronomía que utiliza, desde hace mucho tiempo, ingredientes saludables que se repiten aquí y allá, porque común es el sol que da vida y común es la lluvia que riega los campos de las diversas tierras que baña un mismo mar.

La película a lo largo del tiempo

La película de la que hablamos fue celebrada por primera vez hace poco más de cincuenta años. Hoy sigue vigente y continúa divirtiendo y emocionando, pero también produce un reacción insólita: es una película que tiene la facultad de poder ser… ¡bailada! ¡Síiiii, se puede bailar! Gracias a la pieza musical que forma su leitmotiv, una de las composiciones que más ha cautivado al público de culturas bien distintas. Es la danza llamada sirtaki, que debemos al gran compositor griego Mikis Theodorakis, que supo plasmar la atrayente vitalidad de su pueblo y, en la película, la vivacidad de los hombres y mujeres nacidos en las tierras de la vieja isla de Creta, donde también nació el autor de tan admirada historia y donde se sitúa la acción. Theodorakis supo, sin duda, expresar viejas emociones de hombres y mujeres de tantos lugares del Mediterráneo.

«es una película que tiene la facultad de poder ser… ¡bailada!»

Pero esa danza no es propiamente tradicional como pudiera parecer, porque Theodorakis la compuso ex profeso para la película. Y se baila como el viejo Zorba (el actor mexicano Anthony Quinn) y el joven Basil (el actor inglés Alan Bates) lo hacen y es que Quinn, dos o tres días antes del rodaje de la famosa escena, se lastimó un pie, de manera que adaptó el ritmo, los pasos y los movimientos a este imprevisto, o así lo leí yo hace ya algún tiempo. Un obstáculo en el rodaje que no desmerece en absoluto la originalidad del baile, ni olvida sus raíces; bien al contrario, crea para siempre una vieja y a la vez nueva coreografía musical que forma parte del espíritu mediterráneo común.

Zorba, más allá del personaje

Así que hablando de Zorba el griego en seguida nos vienen a la cabeza los atractivos acordes musicales interpretados por un bazouki, instrumento tradicional, creando una espiral de emociones que atrapa a los bailarines. Es el Zorba que traspasa la pantalla y revive bajo cielos luminosos reflejados en las aguas de nuestro mar. Y es que el personaje, creado por el gran escritor también griego –claro– Nikos Kazantzakis, existió en realidad. Era un minero que se llamaba Georges Zorba, el que cautivó –y más aún, impresionó– al escritor, ahora hace cien años, cuando lo conoció en una mina de carbón, en el Peloponeso, lejos de la isla de Creta en la que sitúa la acción de la novela que tituló Vida y aventuras de Alexis Zorbas y que publicó en 1947.

«el personaje, creado por el gran escritor Nikos Kazantzakis, existió en realidad»

Y quince años más tarde, la sabiduría ancestral y exacta de ese hombre de humanidad rara y contradictoria, según cuentan, fue universalizada por la mano de otro griego: el director de cine Mikis Kakogiannis, que supo contar en imágenes, y de forma tan sencilla y atractiva, una historia que transcurre en un pequeño pueblo de Creta. En un ambiente rural y pobre, de cultura formada por costumbres atávicas y hasta cierto punto crueles, que inesperadamente descubriremos entre escena y escena de la pareja protagonista y de sus vicisitudes, ahora tratando de montar un negocio que resultará ruinoso, ahora conviviendo con una prostituta decadente: la que interpreta la actriz de origen ruso Lila Kedrova, que ganó un Oscar en Hollywood por este personaje.

Grecia en blanco y negro

La historia, si tiene un tono claro y luminoso, entre vitalista y melancólico, tiene también un tono oscuro, casi negro, porque incluye una especie de parábola crítica sobre el propio país, de cómo era la Grecia rural en los lejanos años sesenta del siglo pasado, cuando se llevó al cine. Son las escenas de fuerza impactante que Kazantzakis i Kakogiannis crearon (en la escritura primero y, en las imágenes cinematográficas después), sobre el machismo atávico, incapaz de respetar la libertad de una joven viuda, a la que los hombres del lugar acosaran hasta la muerte, ante la indiferencia del personaje foráneo, el inglés venido de las tierras frías que no hará nada para salvarla.

 

Por tanto, delirios y pulsiones sexuales reprimidas, de una parte. ¿Y de la otra? Las bajezas morales, expresadas por mujeres que impúdicamente pasarán de ser plañideras desconsoladas, según viejas prácticas mortuorias, a codiciosas ladronas que se apropiaran de todo cuanto encuentren en la desolada casa de la muerta por la que acaban de llorar. Es la Grecia vista en blanco y negro. Negro dominante en la vestimenta, según la costumbre extendida durante años en el Mediterráneo. Y blanco deslumbrante en la inocente y estimulante alegría de vivir.

 

A pesar de todo, bien es cierto que sobre la oscuridad del drama de evidentes connotaciones sacadas de las tragedias clásicas del país, se alzan, en el desenlace, los dos personajes centrales y su relación de amistad, de creciente confianza mutua, para regalarnos, sobre la arena de la playa, la danza mágica que seguro que ya bailaron los antiguos dioses del Olimpo desaparecido.