El Mediterráneo es contemplar el horizonte y ver barcos de navegantes de tiempos pasados, ver la tierra desde sus ojos, una tierra virgen y desconocida que aún hoy podemos encontrar en sitios inesperados, detrás de los hoteles y de las piedras de la calle, si uno sabe cómo mirar.

El Mediterráneo son aguas antiguas en medio de tierras (Medi terraneus), una gran extensión de agua salada que hace millones de años quedó atrapada entre montañas que se plegaron tras una enorme colisión. El Mediterráneo es un mar con muchos nombres: el Gran Verde de los egipcios, el Mar Interior, el Mar Blanco de los turcos, el Gran mar para los judíos de la Antigüedad, el Mare Nostrum de los romanos, Nuestro Mar.

Durante miles de años este mar estuvo desierto de hombres, que al principio tenían miedo a alejarse de las costas y solo se atrevían a saltar de puerto en puerto. Los fenicios fueron los primeros en emprender grandes travesías y en convertirse en navegantes, aprendieron cómo funcionaban las corrientes marinas y a guiarse por la estrella Polar en noches despejadas.

Detalle del facsímil del Atlas catalán de 1375

Sus barcas cargadas de aceite y especias salían del puerto de Biblos, hoy en Líbano, en busca de nuevos territorios, y los encontraron, los ocuparon, y se convirtieron en uno de los imperios más importantes de la Edad Antigua. Así establecieron rutas marítimas que surcaron príncipes y comerciantes, piratas y aventureros, rutas esenciales que permitieron conectar a unos pueblos con otros y conocerse.  

Todo comenzó en el Mediterráneo

Durante siglos todo giró en torno a él. Aquí fue donde nacieron el cálculo y la escritura, donde los fenicios organizaron el comercio y los griegos sentaron las bases de la ciencia contemporánea y desarrollaron la historia y la filosofía, el teatro y la democracia. Los romanos trazaron carreteras, excavaron puertos y construyeron puentes hasta que consiguieron conquistar todas las orillas del mar y unirlo por primera y única vez.

El Mediterráneo es viaje, también hacia el interior de uno mismo, es descubrimiento, contemplación; es quietud y tempestad, transparencia y opacidad, como un espejo del estado del alma de quién lo observa. El Mediterráneo es origen y llegada, y un lugar donde volver a empezar.  

 

El Mediterráneo son nuestros abuelos y todo lo que supieron sobre la tierra los abuelos de nuestros abuelos, porque es también un mar de olivos y de almendros, de naranjos y de viñedos y su vida está unida a la de la tierra que lo observa.

En el Mediterráneo se encuentran Oriente y Occidente, el norte y el sur

Sus aguas bañan tres continentes y su historia es una historia de intercambios entre culturas y mundos muy distintos que nos han hecho quienes somos hoy: emigrantes, mestizos, aunque a menudo nos olvidemos. Barcelona, Estambul, Taormina, Delfos, Beirut, Marsella, Ragusa… Formamos parte de una comunidad cultural rica y diversa: 22 países, más de 20 lenguas, cerca de 500 millones de personas con un mismo paisaje interior. 

Hemos crecido junto a un mismo mar que nos une y consigue deslizarse a través de las barreras imaginarias que hemos creado, para bañar los pies de una mujer en Alejandría, en una playa de Palermo, o en el puerto de Heraclión.

El Mediterráneo es mucho más que un espacio geográfico; Es un personaje importante de la historia y como tal tiene alma, y enamora porque interactúa con quién lo visita, con quién lo habita, con quién nace y muere aquí, y se mete debajo de la piel y allí se queda. 

El Mediterráneo es nuestra infancia y es descanso. Millones de personas elegimos el Mediterráneo para tumbarnos a descansar al son de las olas; para disfrutar de la belleza y la serenidad de un mar que todos sentimos como nuestro, quizá porque todos venimos del agua, o porque todos somos mediterráneos y fue aquí donde aprendimos a vivir en comunidad.