Un refugio en Son Abrines

Son muchos los lugares de trabajo que irá ocupando a lo largo de su trayectoria artística, empujado en ocasiones por las circunstancias de su entorno, hasta encontrar su refugio definitivo en la isla de Mallorca.

En 1956 Miró se instala en Son Abrines e inaugura por fin el taller que había anhelado durante toda su vida, diseñado por su amigo Josep Lluís Sert. Artista y arquitecto encuentran inspiración en el respeto al paisaje y las técnicas y materiales locales, con lo que este edificio supondrá para ambos un retorno a las líneas simples y atemporales de las construcciones y tradiciones del Mediterráneo.

 

En el taller sertiano se ha producido una definitiva compenetración entre los elementos arquitectónicos y la particular cosmología nacida de la imaginación del pintor. El taller recuerda a una de aquellas mágicas ermitas que perfilan el horizonte mediterráneo, con las alas de los lucernarios de la cubierta desplegándose hacia el cielo y la textura de los muros fuertemente anclados a la tierra, a medio camino entre dos mundos distantes, como la propia obra mironiana.

Sin embargo, el espacio en que se desata la fuerza de su obra no está delimitado por unos muros ni por un enclave geográfico único. Aquello que se mantiene constante en unos y otros, y que llevaría consigo en sus desplazamientos, es el microcosmos de los objetos encontrados con los que va construyendo una pátina que envuelve lo construido para protegerle de la realidad exterior y crear la suya propia.

Los objetos, recortes e imágenes del pasado le permiten juntar los distintos talleres en el espacio y el tiempo, ya que en el primer contacto con cada uno de ellos cede al impulso de ir cubriendo el contenedor físico con fragmentos de su propio universo, ligado a formas del pasado y sobre todo al Mediterráneo.

En la playa de la Pixerota en Mont-roig, como más tarde en Varengeville y Mallorca, Miró recoge conchas, piedras, trozos de vidrio, huesos, ramas rotas, raíces, estrellas de mar; todo lo que ha sido tirado, olvidado, es un tesoro a sus ojos y entra a formar parte de su particular galería. Estos objetos y lugares mironianos permiten al artista alcanzar el “estado de espíritu” adecuado para enfrentarse a la obra.

Las raíces de Joan Miró

Será en Mont-roig en 1911, durante un periodo de convalecencia en su juventud, donde Miró decida dedicarse a la pintura. Es el lugar de referencia al que siempre regresa, para trabajar el paisaje y estrechar los lazos con la tierra y recuperar el contacto con las raíces y con lo elemental que está en el origen de su obra. En esta masía rodeada de almendros, olivos y algarrobos, con el fondo de las montañas y el Mediterráneo, el artista siente desde niño “la llamada de la tierra” y la fuerza del paisaje.

«Hay que pintar pisando la tierra, para que entre la fuerza por los pies. Cuando tengo frío me pongo sobre la estera; es como la tierra, también sale de la tierra misma… En un estudio que tenga el suelo de linóleum no se puede pintar, hay que pintar pisando la tierra.»

Esa misma comunión con el entorno la consigue en Mallorca, donde se producirá un segundo nacimiento en la trayectoria artística de Miró; un tiempo de soledad y retiro transcurrido en la isla, lugar que ejercerá sobre él un fuerte magnetismo asociado al cielo, la luz y el mar Mediterráneo. Este lugar se identifica con una cultura que todavía mantiene vivos los vínculos con el mundo primitivo y las costumbres populares, actitud análoga a la del propio Joan Miró, que encuentra inspiración en las civilizaciones de la antigüedad y la familiaridad de lo cotidiano.

“Todo lo que sale de la tierra, vale. Todo lo que es directo y se ve sin ninguna transformación. Eso es lo que hace que tenga respeto por la artesanía.»

Ya desde su infancia, Miró se había sentido fuertemente atraído por una tierra y unas costumbres donde había podido reconocer la misma honestidad y sencillez que empapaba la atmósfera de Mont-roig. Siempre mantuvo una relación de ósmosis con esta isla, donde a partir de la música y el silencio, la contemplación y la lectura, encontrará el equilibrio que le permitirá reorientar su producción artística y continuar su camino hacia lo elemental.

El triángulo mironiano

La isla y el Mediterráneo le ofrecerán finalmente un remanso donde condensar sus inquietudes para después liberarlas con más ímpetu que nunca. El taller diseñado por Sert será la cueva, el retorno al vientre materno, el lugar donde desplegar toda la fuerza de su obra. Desde la personal atalaya del taller podrá por fin contemplar las estrellas o reseguir la línea del horizonte, completando así la cadena mágica entre tierra, cielo y mar Mediterráneo.

Mallorca refleja la luz y la intangible poesía de Mont-roig, recogidas en la obra de un artista que no ve una barrera en el mar que parece separar las dos costas pero que, por el contrario, unifica las culturas remotas que las definen. Toda la energía de la naturaleza y los objets-trouvés que ésta le ofrece y que tanto atraen a Miró llega a concentrarse en un solo elemento, aparentemente insignificante pero universal para el artista: el algarrobo. El propio Miró explica que en sus viajes a París siempre llevaba en el bolsillo una algarroba de Mont-roig. Los mismos algarrobos que hizo plantar en Son Abrines, territorio de los talleres de Mallorca y la futura Fundació Pilar i Joan Miró. Con este simple gesto, los distintos puntos del triángulo de la cosmología mironiana se convierten en uno solo, ya que es uno también el mar Mediterráneo que los une.

“Y aquí voy a sembrar algarrobos. En Montroig, mi padre tenía algarrobos. Cuando están llenos de hojas tienen una fuerza extraña, de choque. Cuando se les caen las hojas, también. Son como animales vivos que surgen de la tierra.»

Corteza de algarrobo

“La luz de Mallorca está impregnada de purísima poesía; a mí me recuerda la luz de esas cosas orientales que se presentan como vistas a través de un velo, la luz de esas cosas minuciosas que se dibujan… No es nada casual, nada gratuito, que yo me haya venido a vivir y a trabajar aquí… Es la llamada de la tierra: Tarragona-Mallorca. O al revés, es igual: Mallorca-Tarragona. Montroig-Palma. La siento desde que tenía dos o tres años y me mandaban a pasar las Navidades con mis abuelos Josefa y Joan Ferrá. El Mediterráneo. Yo no podría vivir en un país desde el que no se viera el mar. Quiero decir el mar Mediterráneo.” [1]

 

[1] Todos los textos entrecomillados son palabras escritas por Joan Miró en «La llamada de la tierra. (Acta de un monólogo de J.M.)», Papeles de Son Armadans, año II, tomo VII, nº 21, Madrid-Palma de Mallorca (diciembre 1957).