Es la península de Formentor, un paraje extraordinario situado en la parte más septentrional de la isla, una tierra de leyendas y naturaleza abrupta que ha trascendido su geografía a través de los versos de un gran poeta.

Miquel Costa i Llobera nació en Pollença en 1854 en una familia de ricos terratenientes propietarios de la possessió, la alquería, de Formentor, muy cerca de la que fuera una de las ciudades principales del Imperio romano en las Islas Baleares. Su madre murió cuando él todavía era un niño y su tío materno se convirtió en su mentor, le descubrió a los clásicos y supo modelar la sensibilidad artística del escritor que ya desde muy joven mostró pasión por la literatura.

“Todo aquí me enseñaba poesía.”

Su biógrafo cuenta como un día que paseaban por el campo la familia se percató de que el niño no los seguía, se había quedado atrás, de pie sobre el acantilado, leyendo una oda de Horacio que le había dado su tío. La lectura y sus paseos por la tierra de sus antepasados lo convirtieron en poeta, el arte y la naturaleza le enseñaron poesía, él mismo lo escribe en uno de sus versos: “Todo aquí me enseñaba poesía”.

Religión y literatura, vocaciones de Miquel Costa i Llobera

La religión y la literatura marcaron la vida y el carácter de Miquel Costa i Llobera, dos grandes vocaciones que de forma inevitable entraron en conflicto. A medida que su religiosidad se fue consolidando, fue ordenado sacerdote y llegó a ser canónigo de la catedral, su obra evolucionó del romanticismo al clasicismo, a una literatura más serena, aunque la fusión de ambos espíritus estaría siempre presente.

La muerte lo asaltó en el púlpito el 16 de octubre de 1922, mientras predicaba el panegírico de Santa Teresa de Jesús en un convento de Palma.

Miquel Costa i Llobera creció rodeado de belleza y tuvo, desde el gran promontorio de Formentor, una vista privilegiada del Mediterráneo. Conocía las piedras de los caminos y de las calas, los nombres de los peces y de los árboles a los que trepaba, vivía rodeado de naturaleza y en ella se inspiró para escribir su obra.

 

Un día de septiembre de 1875, mientras paseaba con su primo, vio un pino que se asomaba al mar desde las alturas, enraizado como él en la tierra de Formentor. Ese árbol que dominaba las montañas y desafiaba los azotes del temporal se convertiría en un símbolo de fortaleza y de superación, en el protagonista de un canto al Mediterráneo en uno de los poemas más universales de nuestra literatura.

El pino de Formentor 

                                 Electus ut cedri

Hay en mi tierra un árbol que el corazón venera:
de cedro es su ramaje, de césped su verdor;
anida entres sus hojas perenne primavera,
y arrostra los turbiones que azotan la ribera,
añoso luchador.

No asoma por sus ramos la flor enamorada,
no va la fuentecilla sus plantas a besar;
mas báñase en aromas su frente consagrada,
y tiene por terreno la costa acantilada,
por fuente el hondo mar.

Al ver sobre las olas rayar la luz divina,
no escucha débil trino que al hombre da placer;
el grito oye salvaje del águila marina,
o siente el ala enorme que el vendaval domina
su copa estremecer.

Del limo de la tierra no toma vil sustento;
retuerce sus raíces en duro peñascal.
Bebe rocío y lluvias, radiosa luz y viento;
y cual viejo profeta recibe el alimento
de efluvio celestial.

¡Árbol sublime! Enseña de vida que adivino,
la inmensidad augusta domina por doquier.
Si dura le es la tierra, celeste su destino
le encanta, y aun le sirven el trueno y torbellino
de gloria y de placer.

¡Oh! sí: que cuando libres asaltan la ribera
los vientos y las olas con hórrido fragor,
entonces ríe y canta con la borrasca fiera,
y sobre rotas nubes la augusta cabellera
sacude triunfador.

¡Árbol, tu suerte envidio! Sobre la tierra impura
de un ideal sagrado la cifra en ti he de ver.
Luchar, vencer constante, mirar desde la altura,
vivir y alimentarse de cielo y de luz pura…
¡Oh vida, oh noble ser!

¡Arriba, oh alma fuerte! Desdeña el lodo inmundo,
y en las austeras cumbres arraiga con afán,
Verás al pie estrellarse las olas de este mundo,
y libres como alciones sobre ese mar profundo
tus cantos volarán.